| Crónicas de un pueblo palentinoEste espacio está reservado para la publicación de relatos, verídicos o de ficción, que tengan como marco el pueblo de Villapún o la cultura rural en general. Cuéntanos tus historias y vivencias, tu relación con el pueblo, acontecimientos del pasado, cuentos del abuelo, aventuras de la infancia...., en fin, lo que quieras y envíanoslo a: rober@villapun.es -RELATO Nº 11-Publicado el 26 de enero de 2012 por la Agustina Tejerina.
EL HILADERO Durante muchos años al llegar el invierno un grupo de amigos o familiares se reunían en una casa después de cenar, en lo que se llamaba “hiladero”. Nunca mejor dicho, porque durante la velada las mujeres se dedicaban a hilar la lana de sus ovejas que ellas mismas habían lavado y cardado; y después a darle a la rueca y al huso. Y cuando hacían un ovillo ya empezaban a tejer: calcetines, jerseys, bufandas, guantes… todo venía bien porque las familias eran bastante numerosas. En casi todas las casas uno de la familia era pastor. Pues bien, éste también aprovechaba el hiladero para hacer o remendar su indumentaria, compuesta por las bragas, la zamarra, las angorras y el zurrón, todo ello hecho con las pieles de las ovejas, lo cual no sería muy cómodo de llevar, pero sí muy resistente al frío y la humedad; y en realidad es de lo que se trataba, porque el invierno era muy largo y muy duro y el pastor estaba todo el día a la intemperie, con frío, lluvia o nieve, desde el amanecer que soltaba las ovejas hasta el anochecer que las recogía en el corral, todo el día aguantando las inclemencias del tiempo. En el hiladero otros pasaban el rato haciendo escriños o cosiendo zapatos hasta que la vista ya se cansaba, porque la luz era escasa, tanto que a veces había que encender el candil de aceite para iluminar un poco más la cocina. También había un rato para jugar a las cartas, los mayores a la brisca. Y los chicos, primero teníamos que hacer las cuentas de multiplicar o dividir, y después también jugábamos, al repelús, a la raposa o al cinquillo, o bien haciendo cuentos o adivinanzas. A la juventud de hoy les parecerá raro que así nos pudiéramos divertir, pero, la verdad, otra cosa no habíamos visto, porque en todo el pueblo sólo había tres o cuatro aparatos de radio, uno en casa del cura y los otros repartidos en alguna que otra casa, y a veces ni se oían por falta de luz y los enchufes hacían un ruido como si pasaba una tormenta. Hoy todo ha cambiado. Vivimos en la época del despilfarro, de gastar lo que yo quiero y en lo que se me antoja: que este ordenador se ha pasado de moda, pues que me compren otro; que la bicicleta se queda pequeña y el coche corre poco, que me compren otro… Y así sucesivamente, nunca llegamos al tope, porque la técnica va cambiando y sacando al mercado cosas nuevas y tan bonitas que ¿quién se resiste?. Aún careciendo de todas las cosas modernas que hoy existen, sin duda alguna para mejor, nosotros tenemos un buen recuerdo de la niñez. Sentados encima de la trébede, que estaba bien calentita con el calor que subía de la hornacha, donde las madres cocían el puchero de garbanzos con carne de oveja, chorizo, tocino y el relleno hecho con el huevo de la gallina que andaba cacareando por el corral. El “domingo gordo”, que es el anterior al miércoles de ceniza, se hacía una cena todos juntos. Nunca faltaban las orejuelas, que las madres hacían con tanta ilusión y nosotros comíamos hasta vaciar la cesta. Y así, con alegría y buenos recuerdos, despedíamos el hiladero hasta el próximo invierno. Agustina Tejerina
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-RELATO Nº 10-Publicado el 16 de diciembre de 2011 por Agustín de la Fuente. HISTORIAS Y DESPOJOS MEMORIALES DE LA INFANCIA (Los animales domésticos) Nos situamos en la vida de mediados de siglo pasado, saliendo de las miserias que acarrea una guerra (1936-39) “¡Esa sí que fue crisis y no la de ahora!”. Fueron tiempos de escasez, obligados a hacer de todo en casa, por falta de posibles. Aprovechabamos la “cartilla de racionamiento”, el “estraperlo” y nos iluminábamos a la luz del candil. En las casas de familia de aquellos pueblos, en años de mi niñez, los animales domésticos jugaban un papel importante: las vacas o las mulas (si las había), los cerdos, las gallinas, el burro, el perro carea, y hasta el gato. Y las ovejas también (aunque estaban en el corral, lejos de casa). ¿Cómo no ser importantes, si nos ofrecían ayuda en los trabajos, alimentos, posibles ganancias en las compraventas y muchas cosas más? Con el tiempo y los muchos amaneceres fuimos saliendo de la tristeza de saber que todo se resumía en trabajar, dormir y comer lo poco que había, aunque cantábamos delante del carro de vacas camino adelante canciones de los "Tres Suramericanos"o Mari Trini. Nos reíamos con Gila y admirábamos a Picasso o al Cordobés. Pero no olvidemos a los animales de casa. No les dejemos de lado. Cantemos hoy sus méritos y relaciones con nuestras vidas de entonces. Ya de mañana, en la cocina, se despereza el gato que dormitó en la noche, cuidando que los ratones no se paseasen libremente por la casa, si bien debíamos tener a buen recaudo los torreznos y sardinas. Si sentía el hambre en su barriga, era capaz de subir a los tejados en busca de algún pájaro con el que saciar su necesidad. El perro carea (siempre vi uno en casa) era el conductor y guardián del rebaño a las órdenes del pastor. Siempre fiel a la familia, era el anunciador de visitas con sus ladridos extraños. Nos acompañaba a cualquier sitio sin pedir jornal alguno, a lo sumo alguna caricia de reconocimiento. En un rincón de la tenada estaban los gochos bien tranquilos, esperando la hora de que nuestra madre les sirviera las verduras, los boñigos con harina de centeno o las patatas cocidas y sobras de comida, cuando las había. No me extraña que nunca supiera su nombre pues no he visto animal que tantos tenga: cerdo, gorrino, cochino, puerco, guarro, chanco… y una docena más. Y si sus nombres son muchos no son menos los productos que nos regala este animal: cabeza, cinta de lomo, costillar, solomillos, tocino, jamones y carnes para chorizos, codillos, orejas y rabo ... Con verdad se dice que "del cerdo se aprovecha todo, hasta sus andares”. Y llegaba el día de la “matanza”, allá por San Martín (11 de Noviembre), transcurridos unos 9 meses desde que fue comprado, y llegando a pesar de 16 a 20 “arrobas”. Con todo preparado, se sacrifica el animal muy de mañana. Así comienza un día frenético, con las más diversas faenas para limpiar y tener todo a punto hasta que las piezas quedan en salazón en la oscura bodega. A vecinos y familiares y a los que ayudaron en las faenas se les lleva un “aguinaldo” con algún producto del cerdo recién sacrificado, después de pasado el control veterinario. Después de un tiempo prudencial, se hacen los chorizos y morcillas y se cuelgan los jamones al humo de la lumbre familiar. En mi mente están aquellas “moragas”, regadas con aceite, con ajo picado y pimentón, que una vez pasadas por la renegrida sartén, las comíamos acompañadas con pan y un trago de vino de pitarra del porrón. Y también recuerdo que no entendía las prohibiciones de consumir cerdo de judíos y musulmanes, ni tampoco de nosotros los cristianos en los viernes de todo el año. Para nosotros, se dulcificó la abstinencia de comer carne en la Edad Media con la bula papal y hoy se reduce al viernes de la semana Santa. Muy de mañana mi padre pasaba por la cuadra para echar en el pesebre la primera comida a las vacas. Si había faena en el campo, después de almorzar las uncía con el “hugo” y el carro de ruedas de hierro y caminando se iba hasta la tierra para darla una vuelta de arado antes de que llegasen las heladas. No creais que solo servían de ayuda al labrador en sus trabajos en las tierras de labor pue también proporcionaban leche, carne, pieles y becerros. Sin olvidar el abono de sus excrementos para fertilizar la tierra. Ya para los hebreos, además del becerro de oro símbolo de la idolatría, José (hijo de Jacob) simbolizó la abundancia y la escasez con las 7 vacas gordas y la 7 flacas. En nuestra cultura, el buey representó al Evangelista San Lucas y aparece en las postales junto a una mula en el Portal de Belén dando calor al Niño Dios. Y no digamos de los hindúes, que respetan y veneran a las vacas como la encarnación de todos los dioses. Por eso ni las matan (sería matar a un brahmán) ni comen su carne. Se oye al burro que con su habitual terquedad y semblante de resignación pide hierba verde para el almuerzo o que le demos libertad y soltura para buscarse su sustento. No sabe que hoy le espera una jornada con las alforjas en su lomo para ir a acarrear sacos de hierba desde el cercano prado de “Vallejuelo” hasta al pajar junto a la cuadra. Aquel día por la mañana Daniel no había tocado el cuerno que indicaba la hora de la salida de la cabaña. Esa tarde todos mis amigos y yo no bajaríamos montados en los burros hasta “los charcos” jugando a antiguas batallas de caballería. No me explico por qué a los hombres torpes se les llama burros, si ellos tienen gran inteligencia. Mientras tanto las gallinas de la casa ya han bajado de sus “acostaderos” y se disponen a que les derramen unos puñados de grano de trigo y cebada como alimento. A continuación salen por el “arbañal" del portal y pasean por los alrededores, por las eras y hasta los “molederos”, escarbando aquí y allá. Eso sí, nunca van solas, siguen los pasos del gallo que, altivo y arrogante como un capitán de tropa, va dando órdenes con sus sonoros "quiquiriquíes". Algunas han dejado su huevo diario y otras le pondrán en los “neales” al regreso. Cuando el nnúmero de “ponedoras” era pequeño (una gallina puede vivir 4 años, dejando de poner huevos algo antes) se apartaban unos 20 huevos de buena medida, esperando que alguna gallina tuviera signos de estar “clueca”. Una vez que sucedía, se la colocaban los huevos en un cesto de paja tapado con una criba en la cocina y cerca del fogón para que con su temperatura y la de la cocina “incubase” los huevos los 21 días reglamentarios hasta su eclosión y nacimiento de los polluelos. Los pollos y gallinas fueron en mi niñez básicos para nuestra alimentación. Voy a pasar hoy de “la gallina en pepitoria” o del “pollo al chilindrón”, pero soy incapaz de callar que fueron la solución para muchas bocas hambrientas a la hora de sentarnos a la mesa. Y tampoco olvido la venta de huevos los martes en Saldaña, para sacar algunas perrillas. Enfermos y parturientas se reconstituían con los caldos de gallina aportados por las vecinas en sus visitas de costumbre que nos enseñaron a hacer nuestros abuelos. Seguro que estos pueblos nacieron a la vera de los ganados de ovejas. Todo nos hace pensar que en principio fueron tierra de nadie ocupadas por pastores. Siendo niño recuerdo que rara era la casa que no tenía una cabaña con un número variable de reses. Para cuidarlas se encargaba un miembro de la familia y si no era así se ajustaba a un pastor que estuviera libre y dispuesto a pasar el año cuidando el rebaño. Se decía “ajustar al pastor” porque debían estar de acuerdo en las fanegas de centeno, el número de ovejas y el dinero a pagar o recibir por todo un año (ya fuesen reales o pesetas, que eran ya moneda corriente), desde el 29 Junio, día de San Pedro, hasta el mismo día del año siguiente. El pastor con sus “bragos" o "zanjones”, sus “hangorras" o "polainas”, su “zamarra” y el “zurrón”, apoyado siempre en su "cachava", con la salida del sol dejaba el pueblo para estar con sus ovejas hasta el anochecer. Conocía cada oveja, su edad (si era "primala", "borra" o "vieja") viendo sus dientes. Sabía esquilar, señalar las orejas, y también“rabonar” los corderos y si era o no “machorra”. No conocí la antigua costumbre de que al pastor le acompañase el “corderero” ni el “borreguero”. Solo doy fe de apartar los “marones” en verano para cubrir las ovejas a su tiempo a fin de que nacieran los corderos en una quincena de días al iniciar la primavera. Ya en verano se vendían los corderos y por San Pedro se comenzaba un nuevo año. Si en nuestro pueblo de mediados del siglo XX el labrador se merece un monumento, el pastor de siempre merece dos. VOCABULARIO: • Estraperlo: Comercio ilegal de los años 1940-50 . • Matanza: Sacrificio del cerdo en el pueblo. • 1 arroba: 11,5 kilos. • 1 fanega: 43 kilos de trigo. • Aguinaldo: Regalos entre familiares y amigos en épocas navideñas. • Moragas: Primeras carnes rojas extraídas del cerdo. • Hugo: Yugo para uncir las vacas para las faenas del campo. • Vallejuelo: Pequeño valle. Término del pueblo de Villota del Páramo. • Los Charcos: Zona de lagunas ocupada por agua estancada. • Acostadero: Zona de descanso para que las gallinas descansen en un lugar elevado. • Arbañal: Pequeño hueco por donde sale el agua del patio y a veces pequeños animales. • Neal: Nido para que las gallinas puedan depositar sus huevos. • Clueca (en otros lugares “choca”): Gallina dispuesta a incubar huevos y nazcan los pollitos. • Ajustar: Trato para contratar un pastor o criado. • Bragos (o zanjones): Piezas de la vestimenta que cubren el vientre y las pantorrillas del pastor. • Hangorras (o polainas): Vestimenta para las pantorrillas hasta los pies. • Zamarra: Especie de blusón de piel de oveja para los pastores. • Cachava ( o cayado): Palo con un extremo redondeado para cogerlo con la mano. • Primala: Oveja de 1 a 2 años. • Borra: Oveja de 2 a 3 años. • Vieja: Oveja que supera los 6 años. • Rabonar: Cortar el rabo a los corderos. • Machorra: Oveja estéril. • Corderero: Joven aprendiz de pastor que solía cuidar de los corderos. • Borreguero: Pastor que cuida los carneros y sementales.
Agustín de la Fuente 15 de diciembre de 2011 |
-RELATO Nº 9-Publicado el 26 de septiembre de 2011 por el Padre Capuchino Fermín de Mieza. BALADA DEL HERMANO LIMOSNERO En el convento de Montehano, bahía de Santoña, y en su cercanía no hay gorriones. Esta es la historia que canta esta “balada”: I
En el convento de Montehano, cuenta la historia, vivió un hermano cuyos milagros narran aún, fue Fray Melquiades de Villapún.
Fue conocido por sus bondades este bendito de Fray Melquiades. Y en el convento, tan servicial, era sencillo y angelical.
Antes que el alba rayara el día, al dulce grito de:_” Ave maría”, él despertaba, buen despertar, para que todos fueran a orar…
No escatimaba ningún servicio, pero tenía por santo oficio ser limosnero. Y diligente cumplía el cargo ¡tan santamente!
Siempre vestido con su sayal y a las espaldas breve morral, por pueblo, aldea o caserío iba descalzo, con sol o frío.
Por Dios bendito limosneando iba pidiendo y al tiempo dando: para los frailes pedía pan y el frailecillo daba la paz.
II
Tiene el convento quietud profunda y un bosquecillo que paz inunda y una marisma que trae al mar hasta los muros a golpear.
Altas gaviotas peinan los vientos, giran, se alocan, casi por cientos, y en la maleza del bosquecillo hay toda clase de pajarillos:
Tordos, malvises y verderones, mirlos, jilgueros… mas ¡no hay gorriones! Jamás se ha visto, y ya es portento, pardal alguno por el convento.
III
Cuenta la historia que el buen hermano, santo Melquiades, rosario en mano, fardel al hombro, volvía un día de la limosna. Trigo traía.
Cuando llegaba casi al convento por la vereda ya, tan contento, le rompió el saco y quiso el cielo que todo el trigo cayera al suelo.
Una bandada, _¡voraz tropel!_ de gorrioncillos dio cuenta de él. No quedó un grano por el sendero y Fray Melquiades, el limosnero,
mirando al cielo, sencillo y grave, dijo a la tropa de aquellas aves: _” Porque comisteis todo mi trigo, aves hermanas, yo no os maldigo.
Ancho es el cielo y el horizonte, dejad la casa, dejad el monte, y así, en el nombre de Dios, bribones, no volváis nunca jamás, gorriones…”.
El capuchino, triste, calló y la bandada se dispersó. Cuentan archivos conventuales que desde entonces ya no hay pardales.
Y cuando al alba cantan las aves falta al conjunto las notas graves, pues al variado, lindo concierto no van gorriones… ¡Y esto es lo cierto!
Fermín de Mieza Relato publicado en el libro "ENCENDIDA BELLEZA", editado en diciembre de 1984. Puede verse una imagen de Fray Melquiades en la sección "Villapuneses" y más información sobre este fraile en el Edicto de Villapún. |
-RELATO Nº 8-Publicado el 26 de junio de 2011 por la Asociación de Mujeres de Villapún. AQUELLAS FIESTAS DEL PUEBLO Se acercan las fiestas del pueblo que con tanta ilusión esperamos año tras año, antes niños, luego jóvenes y ahora mayorcitos pero no por eso hemos perdido la ilusión. Todavía nos marcamos alguna jota o algún pasodoble que nos hacen volver la vista atrás cuando el baile se celebraba en la era con una orquesta compuesta por acordeón, chiflita, bombo y platillos. Aguantábamos la respiración para sentir más dentro la música. Por San Pelayo todas estrenábamos vestido nuevo y zapatos nuevos. Por cierto, los zapatos solían hacernos daño pero nosotras aguantábamos el dolor sin dejar de bailar. Algunas costumbres siguen igual que antes como la misa del primer día dedicada a San Pelayo y la del segundo día a los fíeles difuntos de la parroquia. Hace años el presidente del pueblo tenía la obligación de ir con traje, camisa blanca y corbata, y terminaba el complemento con el bastón reluciente con borlas de hilo de seda. A la salida de misa estaban los músicos esperando a las autoridades y tocaban una pieza. Luego seguían tocando hasta la casa del presidente y todo el pueblo acompañaba. Esta costumbre hace años que se perdió. El segundo día de fiesta, de mañana, los músicos con los mozos del pueblo salían a dar la diana o pasacalles que se llama ahora. Iban por las calles y paraban en cada casa tocando una canción y los mozos entraban dentro con una bandeja para pedir la propina que serviría para pagar, entre todos, a los músicos. La hora de la comida era muy importante. Entonces no se comían langostinos ni cigalas. Se comía el "gallo" que se criaba lustroso en el corral comiendo trigo a placer. Otro manjar era el cordero que se había criado en el campo comiendo la hierba en El Quiñón o en Villarrilda. Las madres le asaban en el horno de leña donde entonces cocían el pan y para estos días hacían unos sequillos de manteca que estaban deliciosos El único juego que había era el de la "ballesta". Consistía en un tablero con unas tabillas boca arriba. La ballesta disparaba el perdigón y si caía la tablilla habían conseguido un premio que consistía en unas pocas almendras. Así iban pasando las fiestas; con alegría y a la vez con pena pues éramos conscientes de que hasta el próximo año no volvía a llegar San Pelayo.
¡FELICES FIESTAS PARA TODOS!
Asociación de Mujeres de Villapún Relato publicado en el programa de fiestas de San Pelayo 2011. |
-RELATO Nº 7-Publicado el 26 de julio de 2010 con el permiso de Juan Manuel de Prada. LENGUAJE En un pasaje singularmente bello del Génesis, Yavé trae ante Adán todas las bestias del campo y las aves del cielo para que las nombre según su gusto; y Adán las nombra, una a una, mientras desfilan ante él, como poseído por una inspiración vertiginosa, plenamente divina, con palabras recién estrenadas que brotan de sus labios como la abundancia brota de una cornucopia, palabras ignotas y refulgentes que al propio Adán causarían pasmo y perplejidad, puesto que nunca antes las había escuchado, puesto que nunca antes nadie las había pronunciado, palabras como primicias que bautizaban la belleza matinal del mundo con esa prontitud intuitiva que tienen las palabras para abalanzarse sobre las cosas, como el guepardo se abalanza sobre la gacela. Esta misma impresión de pasmo y perplejidad era la que me asaltaba de niño cuando, de la mano de mi abuelo, salía al campo y lo escuchaba nombrar el mundo circunstante: cuando nos tumbábamos a la sombra de un árbol, mi abuelo lo llamaba por su nombre –encina, roble, olmo, abedul, chopo, arce–; cuando un pájaro revoloteaba en la fronda, mi abuelo lo llamaba por su nombre –grajo, abubilla, ruiseñor, estornino, jilguero, gorrión–; cuando nos inclinábamos sobre el suelo para recolectar las plantas medicinales que empleaba en sus tisanas, mi abuelo las llamaba por su nombre –árnica, malva, milenrrama, poleo, ruibarbo, brezo–; y lo que hasta ese momento era tan sólo una planta, un pájaro o un árbol, al conjuro de las palabras de mi abuelo, adquiría el fulgor inextinguible de los tesoros de las mitologías, la palpitación de la vida recién creada, el temblor cálido y diminuto de los milagros. Mi abuelo no era un hombre letrado; no era, desde luego, ornitólogo ni botánico, no acumulaba erudiciones enciclopédicas, ni siquiera había completado la instrucción primaria, allá en la escuela de su pueblo, de la que sus padres lo habían sacado antes de cumplir los catorce años, para que los ayudase a subvenir las necesidades familiares. Mi abuelo era lo que la banalidad contemporánea designaría como un «hombre inculto» (lo cual podría servirnos para constatar que nuestra época llama «cultura» a una coraza de conocimientos artificiosos, impostados y deleznables, que no nacen de la propia vida); pero era depositario de un meollo de sabidurías ancestrales que había heredado de sus mayores, y entre esas sabidurías que conformaban su genealogía se contaba –como un río subterráneo y dulcísimo que las refrescase– el genio del lenguaje, acertando a nombrar la belleza matinal del mundo, derramándose como una cornucopia sobre el pájaro que sobrevolaba nuestras cabezas, sobre el árbol que nos brindaba su sombra, sobre la planta que nos teñía las manos de un aroma campesino e indeleble.
Constantemente nos referimos, con pesadumbre y congoja, a esa gangrena que llamamos «empobrecimiento del lenguaje»; y es que, en efecto, cada vez hablamos con menos palabras, cada vez tenemos más dificultad para nombrar la belleza matinal del mundo. No reparamos, sin embargo, en que este empobrecimiento del lenguaje discurre paralelo a nuestro divorcio de esa belleza que hemos ido expulsando de nuestras vidas desarraigadas; y a una vida sin raíz no le queda otro remedio sino agostarse, angostarse y perecer. Mi abuelo, como el Adán del Génesis, tenía palabras para designar a las bestias del campo y a las aves del cielo porque las bestias del campo y las aves del cielo eran sustancia de su propia vida, realidad encarnada en su vida; y el lenguaje, que es una herramienta humana, se nutre sin embargo de un fondo ancestral de comunicación directa –comunión– con la naturaleza. Cuando ese fondo se reseca, el lenguaje se amustia, empalidece y jibariza, porque por sus tejidos deja de fluir la savia que lo vivifica, porque ha dejado de ser genesiaco; y así termina por enmudecer. O, en todo caso, en las boqueadas de la agonía, se aferra a las jergas tecnológicas, como la planta de invernadero se aferra al calor embalsado de su cárcel, cuando le falta el calor primigenio del sol; y se convierte en `lenguaje técnico´ que ha dejado de nombrar la belleza matinal del mundo para quedar atrapado en una telaraña de artificios que, cuanto más prodigiosos parecen, más nos enmarañan y asfixian. A la postre, a ese lenguaje enjaulado en la cárcel tecnológica le ocurre como a las fresas cultivadas en uno de esos túneles de plástico que impone la `agricultura intensiva´: que se hincha y engorda pero tiene el sabor insípido de la borra. Ha renegado de su inspiración originaria, ha dejado de bautizar la belleza matinal del mundo, y ya no le resta sino languidecer, huérfano de fulgor, de palpitación, huérfano del cálido y diminuto temblor del milagro. Juan Manuel de Prada Artículo publicado originalmente en el suplemento XLSemanal del 6 de Junio de 2010. |
-RELATO Nº 6-Añadido el 26 de junio de 2010 por Agustín de la Fuente. LA MUJER EN EL PASADO DE NUESTRA SOCIEDAD POPULAR Demos hoy un paso de tuerca hacia atrás en el tiempo, de forma que nos sitúe a mediados del siglo pasado. La verdad es que, la situación social de los habitantes de aquella época era bien otra, dadas las circunstancias. La mujer ejercía un papel importantísimo, como siempre ha sido. Pero en condiciones bien distintas a las que hoy tienen en nuestra sociedad. La mujer, ya desde niña, se la consideraba como tal: no iría a estudiar, se prepararía para resolver los problemas familiares, se encargaría de la limpieza de la casa, aprendería al lado de su madre o abuela las recetas culinarias de los platos tradicionales, hará practicas para elaborar el pan en la hornera familiar dos o tres veces al mes, dominará las artes de conservar los alimentos, de quitar las manchas de la ropa y conocerá los remedios caseros de las enfermedades corrientes (catarros, insolaciones, dolor de tripas y de cabeza, torceduras de tobillos, gripe, sarampión, sabañones, etc. etc.), ha de saber las buenas costumbres de urbanidad para inculcárselas a sus hijos, y tendrá los conocimientos necesarios para ayudar en la preparación de las lecciones escolares y del aprendizaje del catecismo. Y eso, que acarreaba desde tiempos ancestrales su papel de segundo orden comparándola con el del mundo masculino. Si nos fijamos un poco en la historia del pensamiento humano, veremos que los filósofos (Arístoteles incluido) y los padres y moralistas de la Iglesia han dado a la mujer una imagen peyorativa que aún se puede ver en el refranero y se generalizó en los tópicos de la "sabiduría popular": "La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa" No he de recordar que: "Refrán es una sentencia y no dicho por cualquiera, más de persona de ciencia, sacada de la experiencia por muy cierta y verdadera. Los refranes al grosero le hacen sabio y artero y aunque parecen consejas, no hay refrán, aunque de viejas, que no sea verdadero". Platon llegó a decir de las diferencias entre la mujer y el hombre: “No hay diferencias. Sino que aquella es más débil, y éste más fuerte". Por eso las mujeres podrán y deberán participar en los trabajos de la República y "sólo se tendrá en cuenta la debilidad de su sexo, al asignarles cargas más ligeras que a los hombres". Hasta mediados del siglo XX la mujer campesina soportó las tareas familiares ya mencionadas. Y también la ayuda a su marido en los trabajos agrícolas, en especial en épocas de recolección. Cuando faltaba el marido, por cualquier circunstancia, ella se encargaban de otras tareas propias del campesino y le suplantaba en la siembra, en el cuidado de los ganados, escabando, labrando la tierra con las vacas, etc. Ha sido para mí un misterio como eran capaces las mujeres de entonces de desarrollar tanta labor. Parecía que nunca se cansaban. Pero, el marido era el que mandaba. Para eso, la ley le consideraba el cabeza de familia, con sus derechos y obligaciones. Y no digamos nada si damos un repaso a la Biblia. Eva se llevó todo la responsabilidad del pecado original. Recordemos de nuevo el refranero: "En casa del vil, la mujer es el alguacil": Y también se decía: "Adonde la cosa anda derecha, como ha de ser, la mujer no se desmanda y el marido es el que manda y de ella es obedecer..." En los tiempos que hoy vivimos, nos es difícil comprender que en 1930 las mujeres de nuestros pueblos también se iban Saldaña, junto a los agosteros, el día de San Pedro a ajustarse de criadas para las faenas del campo en casa de los ricos. ¡Y bien que que se apreciaba su trabajo de agosteras!. ¡Y buena soldada les daban por ello al finalizar el contrato allá por San Miguel!. Las mujeres que quedaban en casa madrugaban para acompañar al marido a acarrear la mies hasta la era y con gran esfuerzo subir la mies a lo alto del carro donde el hombre lo colocaría para transportarlo antes que el calor se hiciera sentir. Y así, día tras día, preparar trilla y comida para todos. No quiero recordar como preparaba en su hornera el pan de cada día que ya se había acabado en la casa. ¡Qué conocimientos!, ¡qué cariño!, ¡qué dedicación! y !qué calores para calentar el horno y cocer luego los panes y las tortas!. Ni tampoco quiero recordar como transportaba en los "valdes" la ropa sucia para lavarla y tenderla al sol sin mirar que tiempo hacía. Hubo veces de tener que partir los hielos del agua de las "presas" para poder jabonar y lavar. Y todo ello lo hacían nuestras madres y abuelas de aquel tiempo. ¿Cómo se lo hemos pagado? ¿O aún seguimos creyendo que una simple cucaracha es capaz de hacer huir a cien mujeres al instante?. Al menos sirvan estas notas, pocas y mal contadas, para recordar la importante tarea realizada por las mujeres de "antaño". Agustín de la Fuente |
-RELATO Nº 5-Añadido el 12 de marzo de 2010 por Roberto Rodríguez. CASTILLA LLORA 
12 de Marzo de 2010. Amaneció un día gris y frío en el corazón de la meseta, preludio de la despedida al gran Miguel Delibes. Se ha ido como vivió, con discreción y rectitud, como corresponde a un castellano de pro. Nos ha dejado el que probablemente haya sido el mejor escritor en nuestro idioma de la segunda mitad del siglo XX. Castilla llora. Nadie como él supo describir la Castilla rural, sus gentes, su forma de hablar, sus costumbres. Pero, por contraste, también describió el ambiente de las pequeñas ciudades castellanas, desde su inolvidable primera novela, “La sombra del ciprés es alargada” ambientada en Ávila, hasta la última, “El hereje” que se desarrolla en las calles de Valladolid y que cerró el círculo de su obra. Personajes también inolvidables y que hoy también le lloran: Daniel el Mochuelo, el Señor Cayo, el Nini, Paco el Bajo, Pacífico Pérez y tantos otros, en algunos de los cuales nos identificamos los que somos de pueblo o identificamos a alguien cercano. Castilla llora y lo seguirá haciendo por mucho tiempo porque esa cultura rural que él también supo transmitir está a punto de desaparecer, si es que no lo ha hecho ya, vencida por la lacra de la emigración, la falta de perspectivas, la tecnificación de la agricultura y ganadería y la globalización de las costumbres y el modo de vida. Se nos ha ido el notario de esa realidad y el testigo de los tiempos. Periodista, escritor, cazador, pescador, y a pesar de ello ecologista, deportista, humanista, académico de la lengua…y otros tantos oficios, pero ante todo Delibes era, es y será un Castellano universal, un autor comprometido con sus gentes y con su tierra. Y a pesar de todo, un hombre sencillo, humilde y cercano. Tuve ocasión de tener un breve contacto epistolar con él en 2007 cuando realicé el trabajo sobre los “nombres de las aves en Villapún”, del que le envié una copia, más que nada porque sabía que le interesaría ya que él había trabajado el tema de los nombres vernáculos como miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Hace años intentó introducirlos en el DRAE, con escaso éxito, según me contó su hijo por las reticencias de otros académicos. Mi sorpresa fue que Miguel Delibes me contestó muy amablemente e incluso me hizo algunas sugerencias y aportaciones propias. Nunca lo olvidaré.
Y qué decir de su amplia obra literaria, en todos sus libros se encuentran historias únicas y personajes con vida propia, todo ello descrito en un castellano nítido y a la vez riquísimo, con palabras y expresiones auténticas del lenguaje de nuestros pueblos. De sus novelas, aunque todas son recomendables, quisiera destacar una: “El Camino”, obra de fácil lectura y que debiera ser texto obligatorio en todos los centros escolares. Muchos de los que hemos vivido en un pueblo nos vemos reflejados en alguno de los personajes y en la historia que se cuenta. Si no lo habéis leído hacedlo, es el mejor homenaje que puede hacerse a su autor.
“Las calles, la plaza y los edificios no hacían un pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo le hacían sus hombres y su historia. Y Daniel el Mochuelo sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir” Miguel Delibes, El Camino
Castilla llora, pero la obra y los personajes delibeanos se quedan con nosotros, perdurarán en el tiempo como testigos de esa Castilla rural que ya no es. Descanse en paz.
Roberto Rodríguez Martínez |
-RELATO Nº 4-Añadido el 26 de Junio de 2009 por Agustín de la Fuente. LA FAMILIA "MARCOS" DE VILLAPÚN O POR QUÉ EL CORRAL DEL "GUARRATE" TIENE TRES DUEÑOS En los pueblos pequeños las vidas de las distintas familias se cruzan unas con otras y a veces nos preguntamos por qué tal o cual hacienda pertenece a varios dueños, como es el caso de uno de los corrales que aún quedan en Villapún, el del Guarrate. La historia arranca a finales del siglo XIX y principios de siglo XX cuando vivió en Villapún un matrimonio formado por Mariano y su mujer Eleuteria, cuya casa fue la que pertenece hoy a Exiquio. Al "Tío Mariano" le llamaban también Mariano “Tarragona” por haber hecho la mili en dicha ciudad y así distinguirle de otros “marianos” residentes en el pueblo, como Mariano Maldonado o Mariano Montes. En cuanto a Eleuteria Marcos era hermana de Juan Marcos, casado con Calista Diez con la que tuvo 4 hijos, a saber: 1-Inés Marcos, casada con Gregorio Maldonado y padres de Raimunda, Hermenegilda, Eladio, Nemesio, Cesárea y Germán. 2-Juliana Marcos, casada con Mariano Maldonado y padres de Diodora, María, Cándido, Aniano, Dionisio, Justa y Terencio. 3-Marcos Marcos, casado con Petra Calvo y padres de Pilar, Exiquio y Julia. 4-María Marcos, casada en Santervás de la Vega y madre de Alejandro y este a su vez padre de Acacio. Pero volvamos a los protagonistas iniciales de esta historia: al fallecer sin descendencia Mariano "Tarragona" y Eleuteria Marcos dejaron sus bienes a sus sobrinos de la familia "Marcos". He aquí la explicación de por qué el corral de ovejas que tenían en el "Guarrate" estuviera partido en tres partes que heredaron sus sobrinos de Villapún, los tres hermanos "Marcos". Así, todos hemos conocido la parte del corral del Sr. Aniano Maldonado Marcos, la parte del Sr. Germán y la parte que aún existe actualmente, propiedad de Julia Marcos y su esposo Paciano Martínez. Permítaseme finalmente una reseña particular, ya que a mi me quedan muchas cosas por aclarar. Y una muy personal. Como todos sabréis soy natural de Villota del Páramo, pero mis apellidos marcan un origen cercano: Agustín de la Fuente Maldonado Nicolás Marcos. ¡Mi abuela era Marcos de primer apellido!, hija de Juan Marcos y Calista Diez, mis bisabuelos. Mi abuela Juliana, que nació hacia 1885 y vivió hasta 1950, ¡también era de Villapún!. Lo mismo que mi madre, María Maldonado Marcos (1910-2004). En documentos históricos de siglos pasados aparecen otros "Marcos". ¿Seremos todos descendientes de Hipólito Marcos (1652), de Basilio Marcos (1711) y de Marcos Marcos (≈ 1800)?. Toda mi familia “Maldonado Marcos”, hijos del abuelo Mariano y de la abuela Juliana, son de Villapún: Diodora, María, Cándido, Dionisio, Aniano, Justa y Terencio. Mi abuela Juliana tenía tres hermanos: Inés, Marcos y María (casada en Santervás, como ya se indicó más arriba). De mi familia son también los “Maldonado Marcos” hijos de la tía Inés Marcos (hermana de mi abuela) y de Gregorio Maldonado, “el tío Goyo” (nacido en Bustillo de la Vega): Raimunda, Hermenegilda, Eladio, Nemesio, Cesárea y Germán. También lo son los “Marcos Calvo”, hijos del tío Marcos Marcos (hermano de mi abuela) y de la tía Petra Calvo (nacida en Pedrosa): Pilar, Exiquio y Julia. Vamos, que rascando un poco, como veis, quién más quién menos en Villapún todos somos familia. Agustín de la Fuente
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-RELATO Nº 3-Añadido el 26 de Mayo de 2009 por Roberto Rodríguez. REFLEXIONES NOCTURNAS AL BORDE DE LA LAGUNA DEL VALLE Sentado de noche al borde de la laguna del Valle llega a mis oídos la singular banda sonora emitida por las incansables ranitas de San Antonio en su melodía principal, acompañadas por las más discretas ranas verdes, relegadas a un papel secundario tras su estrellato diurno. Sentado, digo, en la paz tranquila de la oscuridad recién llegada, apenas se distingue la silueta del pueblo en el horizonte, débilmente iluminado por la tenue luz de unas pocas farolas, del todo insuficiente para rivalizar ni tan siquiera un poco con el brillo de la más modesta de las estrellas del cielo. Y es entonces, en noches como ésta, cuando uno levanta la mirada hacia el firmamento para descubrir la grandeza del Universo, y en momentos así da la impresión de que toda la bóveda celeste estuviese mucho más cerca de nosotros, haciéndonos sentir realmente pequeños. Somos un minúsculo punto azul en la inmensidad de un oscuro océano de silencio. Y no se trata de una simple metáfora, puesto que los astrofísicos nos han contado como en este Universo en expansión los astros se separan más y más, aumentando entre ellos el vacío, la nada, en un proceso que podría ser eterno según los últimos descubrimientos, o revertir, como sugieren otros estudiosos, en una gran implosión inversa al proceso actual. ¿Qué tendrá el manto de estrellas de noches como ésta para hacernos reflexionar sobre las cuestiones más profundas que siempre han intrigado al ser humano? Cuestiones sobre nuestro origen y nuestro destino, sobre nuestra posición y nuestro papel en el Universo, sobre la vida y la muerte. Por ello, observar este manto de estrellas nos pone en contacto, a través de una cadena eterna, con todos los que nos precedieron y los que nos sucederán y que se hicieron exactamente las mismas preguntas y se las harán por los siglos de los siglos. Pero el cielo también nos sugiere algunas respuestas, que han ido siendo matizadas, eso sí, a lo largo de la Historia a la luz de los nuevos descubrimientos que la Ciencia ha ido aportando. Así, lo que para los antiguos eran los orificios que dejaban ver algo de la luz de la gran hoguera que suponían estaba por detrás de la esfera celeste para nosotros está claro que son astros con luz propia, básicamente iguales a nuestro propio Sol. Y algo realmente fantástico que ahora también sabemos es que todas esas estrellas están tan lejos que su luz tarda en llegarnos varios años, cientos, miles e incluso millones de años; pensemos que la luz de la estrella más cercana, nuestro Sol, que se encuentra a la distancia, ridícula en términos astronómicos, de tan sólo 150 millones de kilómetros, tarda unos 8 minutos en alcanzar la Tierra. Por ello, cuando miramos al cielo nocturno cuajado de estrellas lo que realmente estamos observando es el pasado y resulta sobrecogedor pensar que muchos de esos “mundos” quizás no estén ahora ahí o hayan cambiado o hayan aparecido otros nuevos. Y es este conocimiento el que ha permitido a los científicos viajar al pasado para intentar reconstruir el origen de nuestro Universo. Los modernos telescopios nos han aportado algunas imágenes de ese Universo incipiente y los físicos han podido llegar a comprender lo ocurrido hasta una aproximación de tan sólo unas fracciones de segundo tras la gran explosión inicial, el llamado “Big Bang”, término popular que se refiere al momento en que toda la materia concentrada en un punto comenzó a expandirse hasta formar las partículas elementales que posteriormente constituirían los átomos, las moléculas, las estrellas, las galaxias y , en definitiva, la materia de la que está hecho todo lo que conocemos. Pero cuando a un físico se le pregunta qué había antes del “Big Bang” responde que no sabe o, mejor dicho, que esa pregunta es errónea, puesto que antes de esa gran explosión no había nada, ni siquiera el tiempo. Y esta respuesta al ciudadano de a pié le deja un tanto insatisfecho y uno no deja de preguntarse cómo es posible que de la “nada” se pase al “todo”. ¿Es relevante esta pregunta?, ¿no se dan la mano en este punto la Filosofía y la Ciencia, tan empeñada esta última en demostrar durante los últimos siglos su independencia de la primera? En cualquier caso la Ciencia nos seguirá aportando respuestas, pero nunca llegaremos al conocimiento absoluto y el hombre seguirá haciéndose preguntas trascendentales. Otra de esas preguntas recurrentes es si estamos solos o si hay vida más allá de nuestro planeta. ¿Es concebible pensar que el proceso de aparición de la vida en la Tierra fue un hecho único e irrepetible o, por el contrario, está el Universo repleto de sistemas estelares poblados de seres vivos? Y si es así, ¿se habrá desarrollado la inteligencia en alguno de ellos?. Los primeros intentos serios por dar respuesta a estas preguntas tuvieron lugar a finales del siglo XX cuando las primeras naves no tripuladas aterrizaron en la Luna y en los planetas hermanos de nuestro sistema solar, particularmente cuando las naves Viking aterrizaron en Marte en la década de los 70, planeta en el cual se habían depositado las mayores esperanzas de encontrar signos de actividad biológica. Pero los resultados no pudieron ser más decepcionantes. Ahora, en los inicios del siglo XXI la búsqueda se ha centrado en alguno de los satélites de los planetas mayores, Júpiter y Saturno, que parecen disponer de algunas características parecidas a las de la Tierra primitiva. Así mismo, el descubrimiento de agua congelada en el subsuelo marciano ha revitalizado la esperanza de que albergase algún tipo de vida al menos en las etapas iniciales de su formación, buscándose formas de vida microscópicas fosilizadas en su suelo o en meteoritos recogidos en la Tierra y procedentes del planeta rojo. Otro nuevo campo de investigación es la búsqueda de sistemas planetarios similares al nuestro, desde que en 1995 se descubriese el primer planeta extrasolar al que han seguido después otros muchos, lo que abre nuevos argumentos para los partidarios de la existencia de mundos habitados en estrellas distantes. Sea como fuere, las grandes, e insalvables para el ser humano, distancias interestelares hacen muy difícil, por no decir imposible, que algún día podamos llegar a conocer la existencia de esas formas de vida extraterrestres y aún más el poder llegar a contactar con una supuesta civilización inteligente. Se da la paradoja de que cabe la posibilidad de que el Universo estuviera literalmente plagado de vida, pero lo terrible es que jamás llegaremos a saberlo, lo que acrecienta aún más la soledad humana. Terrible y hermoso a la vez. Pero, como conclusión, podemos decir a quienes buscan las respuestas en los grandes espacios o en las altas cumbres que lo más hermoso que tiene el ser humano es la mirada interior. No trates de vislumbrar la verdad más allá de las estrellas. Cierra los ojos y sueña, la verdad está dentro de todos y cada uno de nosostros. Roberto Rodríguez Martínez Laguna del Valle, en Villapún (Palencia) 4 de Junio de 2005 (23:00-24:00 horas) |
-RELATO Nº 2-Añadido el 26 de julio de 2008 por Roberto Rodríguez. TOPILLOS, MENTIRAS Y FALSOS MITOS Muy temprano, apenas una hora tras la salida del astro rey, paseando por la pista de Villapún hacia La Roza, que atraviesa cultivos de cereal en esta zona de la vieja Castilla, uno puede encontrarse escenas que evocan la dura batalla por la supervivencia que todos los seres vivos tienen que librar. A escasos veinte metros por delante del camino que recorro en esta cálida mañana estival no menos de nueve pequeños mamíferos salen raudos de sus refugios en las cunetas laterales en dirección al reguero central del camino cubierto de hierba. Se trata de topillos campesinos, Microtus arvalis para más señas, que se desplazan con gran rapidez, cual pequeños juguetes mecánicos, en busca de los brotes y abundantes semillas de los que tratan de alimentarse. En su corta carrera se turnan unos a otros, de manera que no más de dos o tres coinciden en la zona abierta y nunca en la misma posición, lo que dificultaría el posible ataque de alguno de los múltiples enemigos que este micromamífero tiene. Y es que la acción de la selección natural sobre las poblaciones de cazadores y sus presas se asemeja a una suerte de carrera armamentística en la que estas últimas han de mejorar continuamente sus técnicas defensivas y los primeros las propias de la depredación. Así, los topillos, animales de actividad principalmente nocturna, aprovechan los primeros rayos del sol para librarse del acoso de los cazadores de la noche, en esta zona sobretodo del búho chico, auténtico azote de estos roedores, y ponen en juego la táctica descrita en un intento de desconcertar a un posible enemigo diurno. Pero ¿quiénes son estos denominados "topillos"?. Pues en realidad, a pesar de lo que su nombre vulgar pudiera sugerir, poco tienen que ver con los auténticos topos y mucho con los ratones de campo y otros roedores, aunque pertenecen a una familia diferente, la de los Micrótidos. A esta familia pertenece el topillo campesino, un auténtico desconocido en la meseta castellana hasta el último cuarto del siglo pasado, período en el que colonizó este territorio, al parecer de manera natural, procedente de las zonas montañosas circundantes. Y su llegada se hizo notar debido a la dinámica poblacional propia de la especie, con tendencia a producirse notables incrementos demográficos cíclicos cada cuatro o cinco años, que pueden llegar a progresar en auténticas plagas de más de mil ejemplares por hectárea en cultivos de regadío. Y en una de esas estamos, pues desde el verano de 2006 una de estas explosiones de topillos, que se inició en la Tierra de Campos palentina, ha ido progresando como una mancha de aceite por las comarcas aledañas, sembrando el temor entre los agricultores que ven cubiertos sus cultivos por los dichosos roedores, creando una polémica a la que no han sido ajenos los propios agricultores, la administración, los medios de comunicación y los colectivos proteccionistas. La presión de los primeros obligó a los políticos a permitir un tratamiento con veneno que luego se detuvo por las imprevisibles consecuencias ecológicas y sanitarias que pudiera tener. Más adelante se volvieron a sembrar los campos con miles de tubos de plástico con grano envenenado de muy dudosa eficacia y altos riesgos, a pesar de que cuando la plaga empiece a remitir por sus propios mecanismos de control natural habrá quien se cuelgue medallas justificando el uso de este tipo de medidas, que resultan algo así como “matar moscas a cañonazos”. En este asunto de los topillos ha habido mucha demagogia y altas dosis de desinformación, en el que además ha jugado un papel no poco relevante la prensa, ávida de sensacionalismos y en la que pocas veces se ha dado voz a los que verdaderamente saben de estos temas. Se ha podido oír a agricultores enfadados, culpando a la administración de inoperancia y a los “ecologistas” de ser responsables de la plaga por no “permitir” el uso de venenos, cuando no de ser quienes liberan directamente “los ratones” en el campo para servir de alimento a las rapaces y otras “alimañas”. Y es que llueve sobre mojado: esta idea, fruto del más absoluto desconocimiento sobre ecología de poblaciones y dinámica de depredadores y presas, no es nueva, puesto que, ¡qué casualidad!, cada tres o cuatro años vuelve a acusarse de lo mismo a los “ecologistas” o a la mismísima administración personificada en forma de “el ICONA”, organismo que, por otra parte, lleva extinto ya unos cuantos años sin que algunos se hayan enterado aún. Por cierto, dentro de otros tres o cuatro años se volverá a hablar de topillos, al tiempo... Dicen que no hay nada más atrevido que la ignorancia y muchos de los que acusan tan alegremente quizás deberían mirarse al ombligo y pensar que si ahora hay topillos y antes no los había también ahora el campo es muy diferente a como era hace poco más de un cuarto de siglo. Y es que las concentraciones parcelarias, la proliferación de regadíos, la mecanización de las faenas agrícolas, el uso masivo de productos químicos y las nuevas técnicas de cultivo han mejorado sin duda la producción agrícola y las condiciones de vida de los agricultores, algo totalmente loable, pero también pueden estar en la raíz del problema y ser una de las causas de la expansión de ciertas plagas, incluida la de los topillos, por ciertas zonas donde antes no se conocían. La desaparición de barbechos y de la rotación de cultivos, la siembra directa, el uso de fertilizantes y pesticidas que afectan a los depredadores pueden haber constituido la llama que ha prendido la mecha de la situación actual. Dicho todo lo anterior, ahora la cuestión relevante es: ¿hasta cuando durará la plaga? Pues los expertos conocen muy bien que las soluciones radicales y simplistas no sirven en estos casos, es más, pueden generar problemas más graves que los que intentan solucionar. Muy probablemente la propia dinámica poblacional de los topillos les llevará a reducir drásticamente sus poblaciones, ya que parece jugar un papel importante el control endógeno que supone que cuando el número de individuos es muy elevado se produce una inhibición hormonal de la reproducción y de igual manera la llegada de un invierno frío o muy lluvioso volvería a poner las poblaciones de micrótidos en números más bajos. Volviendo al principio del relato, el paseo matinal concluyó con una escena de caza en la que una comadreja atravesó el camino no muy lejos de donde había tenido lugar la escena inicial y en la cuneta abandonó, asustada por la presencia del observador, el cadáver aún caliente de un topillo que acababa de cazar. Y es que el mantenimiento de poblaciones saludables de las especies que se alimentan habitualmente de topillos, esas supuestas “alimañas” que los agricultores miran con tanto recelo, podría ser uno de los factores más importantes en el control de esta explosión demográfica de topillos, convirtiendo a estos depredadores en auténticos aliados, en vez de enemigos acérrimos del hombre, en el control de ésta y otras muchas plagas que afectan a los cultivos. Roberto Rodríguez Martínez Villapún (Palencia) 10 de agosto de 2007 |
-RELATO Nº 1-Añadido el 26 de junio de 2008 por Roberto Rodríguez. LOS DUENDES DE LA NOCHE Se apagan las últimas luces del día con la calma en el ambiente y el palpitar de la sangre caliente de los pequeños “duendes de la noche”, que en esta hora mágica inician el segundo turno de la trepidante vida del robledal, aunque coinciden con algunos seres que amplían su jornada diurna más allá de las horas de luz, como es el caso de los recién llegados ruiseñores que aprovechan la oscuridad para lanzar a los cuatro vientos la proclama de su territorio por conquistar; algún petirrojo también les acompaña desde lo profundo de la vegetación, aunque sucumbe antes de que se cierre la noche en su empeño vital por delimitar sus parcelas.  A la caída de la tarde varias pigazas “cacarean” con su estrepitosa voz mientras buscan un refugio seguro para pasar las horas tibias sin luz. Un relinchón de vuelo ondulante deja oir su característico reclamo haciendo honor a su nombre, acertadamente aplicado por las sabias gentes del campo. No muy lejos, en el brezal del páramo dos alcaravanes dirimen sus diferencias compitiendo por el favor de alguna hembra esquiva mediante su lastimero reclamo nupcial. Y mientras, en el corazón de la foresta, un autillo hace lo propio e inicia su jornada nocturna con los escarceos amorosos y la búsqueda de las pequeñas presas de las que se alimentará. Los grillos continúan su canto armonioso y en la oscuridad se une a ellos el más monótono de sus parientes los grillotopos, mientras la noche se va cerrando y en la charca del valle las ranitas de San Antonio inician su coro particular en un concierto que nos regala los oídos y al que cualquiera puede asistir, sin reserva previa de asiento, al espectáculo nocturno que durará hasta altas horas de la madrugada. Desde el cercano y modesto pueblo llegan los ecos de la bulliciosa algarabía de jóvenes y mayores quienes también apuran los últimos instantes de luz, sumándose al espectáculo natural en el que hombres y demás criaturas vivientes estamos inmersos. Esto es motivo de esperanza y nos hace pensar que aún es posible la armonía del hombre con su entorno, tantas veces castigado; no todo está perdido, la vida continuará un día más en este pequeño paraíso y en este maravilloso planeta vivo que llamamos TIERRA. Roberto Rodríguez Martínez Melojar de “La Roza”, en Villapún (Palencia). Atardecer del 1 de Mayo de 2005 (21:30-22:00 horas). |
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